Free Web Hosting Provider - Web Hosting - E-commerce - High Speed Internet - Free Web Page
Search the Web

Pascal Bruckner:  La tentación de la inocencia - Luna Amarga - El nuevo desorden amorosoLos ladrones de bellezaLa euforia perpetuaLe divin enfant


La tentación de la inocencia:

La tentación de la inocencia obtuvo el Premio Medicis de ensayo.
Nada resulta mas difícil que ser libre, dueño y creador del própio destino.  Nada mas abrumador que la responsabilidad que nos encadena a las consecuencias de nuestros actos. ¿Como disfrutar de la independencia y esquivar nuestros deberes? Mediante dos escapatorias, el infantilismo y la victimización, esas dos enfermedades del individuo contemporáneo.
Por una parte, el adulto, mimado por la sociedad de consumo, quisiera conservar los privilegios de la infancia, no renunciar a nada, mantenerse instalado en la diversión permanente. Por otra, emula al mártir, aun cuando no sufra mas que de la simple desdicha de existir. Doble dimisión que no carece riesgo: para muestra, las relaciones hombre/mujer vividas según el modelo de la guerra o bien de la secesión, el rechazo a crecer erigido en valor absoluto, la creciente judicialización de cualquier aspecto de la relación social e incluso individual y, en todas partes de nuestra prospera Europa, el culto a lo maldito en medio del bienestar.
¿Serán los "biendolientes" nuestros nuevos bienpensantes? ¿No ha llegado ya el momento de no confundir la libertad con el capricho? ¿Son el miedo y la debilidad el precio a pagar por nuestro rechazo a la madurez?
Finalmente, como mantener la democracia si una mayoría de ciudadanos aspira al estatuto de víctima aun a riesgo de ahogar la voz de los verdaderos desheredados?
(Contratapa)

“Todos los demas son culpables, salvo yo” Céline.

La aldea global, no es más que la suma de las coacciones que someten a todos los hombres a una misma exterioridad, de la cual tratan de preservarse a falta de poderla dominar. Cuanto más acercan continentes y culturas los medios de comunicación, el comercio y los intercambios, más agoviante se vuelve la presión de todos sobre cada cual. Explosiones demográficas, migraciones de masas, catástrofes ecológicas, se diria que los seres humanos no hacen mas que caerse unos encima de otros. Llamo inocencia a esa enfermedad del individualismo que consiste en tratar de escapar de las  consecuencias de los propios actos, a ese intento de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus inconvenientes. Se expande en dos direcciones, el infantilismo y la victimización, dos maneras de huir de la dificultad de ser, dos estrategias de la irresponsabilidad bienaventurada.”
¿Que es el infantilismo? La transferencia al seno de la edad adulta de los atributos y de los privilegios del niño. Si se impone con tanta fuerza es porque dispone en nuetras sociedades de dos aliados objetivos que lo alimentan y lo segregan continuamente, el consumismo y la diversion, fundamentados ambos sobre el principio de la sorpresa permanente y de la satisfación ilimitada.
En cuanto a la victimización, es esa tendencia del ciudadano mimado del “paraiso capitalista” a concebirse según el modelo de los pueblos perseguidos. Para que el tercer mundo fuera inocente, era necesario que Occidente fuera absolutamente culpable.
Ya nadie está dispuesto a ser considerado responsable, todo el mundo aspira a pasar por desgraciado, aunque no este pasando por ningún trance en particular.
Nada hay comparable, ni en las causas ni en los efectos, entre los gemidos del gran adulto pueril de los países ricos, la histeria miserabilista de determinadas asociaciones (Feministas o machistas), la estrategia asesina de Estados o de grupos terroristas (Como Serbia o los islamistas) que esgrimen el estandarte del mártir para poder asesinar con total impunidad y saciar su voluntad de poder.
(Página 14,15,16)

“Si de mi hubiera dependido no nacer, indudablemente no habría aceptado la existencia en condiciones tan irrisorias.” Dostoievski, El idiota.

Proveniente de la edad media, donde el orden social prevalece sobre los particulares, emerge en los albores de los Tiempos Modernos cuando la persona privada va imponiendose poco a poco a cualquier forma de organización colectiva.
Coraje de pensar por sí mismo, sin estar dirigido por otro.
Liberado de la arbitrariedad de los poderes por una batería de derechos que garantizan su inviolabilidad (por lo menos en un régimen constitucional), expía la autorización de ser su propio amo con una fragilidad constante.
“La aristocracia”, decía Tocqueville, “había hecho que todos los ciudadanos formaran una dilatada cadena que iba del campesino al rey; la democracia quiebra la cadena, pone cada eslabón aparte.
Al ganar la libertad también ha perdido la seguridad. Sufre en cierto modo de exceso de éxito.
Afirmarse como una conciencia a la vez cercana y diferente significa de entrada declararse culpable.
“Ser libre y virtuoso por encima de la fortuna y de la opinión y bastarse a uno mismo” (Confesions, libro octavo, tomo II, pag. 100).
“Decidido a pasar en la independencia y la pobreza el poco tiempo que me quedaba de vida, apliqué todas las fuerzas de mi alma en quebrar las cadenas de la opinión y en hacer con arrojo todo lo que me parecía bien sin preocuparme en modo alguno del juicio de los hombres “ (libro octavo, tomo II, pags. 106-107)
Al escribir las Confesiones, Rosseau en realidad está trabajando para su absolución.
Ser uno mismo  significa presentarse bajo la doble figura del insurrecto y el acusado.
Desde Agustín, inventor de la interioridad, a Rosseau, inventor de la intimidad, han transcurrido mas de trece siglos, durante los cuales Europa se ha secularizado ampliamente.
(Página 21,22, 23,24,25)

“No se lo que soy, no soy lo que se” ya dijo en el siglo XVII el franciscano alemán Angelus Silesius. Cada uno de nosotros es varios a la vez, y esos varios no se comunican entre sí. San Agustín pisoteaba la raza ínfima de los hombres para realzar la gloria del Todopoderoso que existe, el de las valoraciones, el de los veredictos recíprocos que los hombres emiten unos sobre otros.
(Página 26,27)

A medida que el individuo, todavía enmarcado en el siglo XIX y a principios del siglo XX, se ha ido desembarazando poco a poco de las trabas que le molestaban conquistando nuevos derechos, paradojicamente su inquietud no ha hecho mas que aumentar.
Rosseau podía incrimirnar al oscurantismo...; ¿y hoy en día? ¿a que instancia acusar de mis penas?
Mientras que el hombre moderno, liberado en principio de cualquier obligación  que no se haya asignado él mismo, sucumbe bajo la carga de una responsabilidad virtualmente sin límites. Eso es el individualismo: el desplazamiento del centro de gravedad de la sociedad hacia el particular, sobre quien descansan a partir de ahora todas las servidumbres de la libertad.
(Página 31,32)

El cristianismo ya había convertido la estancia sobre la tierra en un enfrentamiento despiadado entre la salvación y la condena. Nuestras vidas de hombres laicos no están menos divididas entre la posibilidad de alcanzar el éxito o de fracasar. Con las diferencias agravantes siguientes: para nosotros todo se juega aquí abajo.
..Cuanto mas conscientes nos volvemos de nuestra imperfección, más se acumula sobre nuestras espaldas una responsabilidad que nada puede eludir y que convierte a cada uno de nosotros en fuente de unos actos cuya repercusión es incalculable.
La competencia de todos contra todos, consecuencia de la igualación de las condiciones
Al prometer a todos riqueza, felicidad, plenitud, alimenta la frustración y no incita a no declararnos nunca satisfechos con nuestra suerte.
(Página 33,34,35)

Los lamentos del hombre corriente
¿Que es la queja? El discurso democrático por excelencia en una sociedad que nos permite vislumbrar lo imposible (la fortuna, la expansión, la felicidad) y no sinvita a no declararnos nunca satisfechos con nuestro estado.
“Conosco a un ingles”, decía Goethe, “que se ahorcó para no tener que vestirse cada mañana”.
Pero la queja también es una discreta llamada de socorro.
“No podría tener ninguna profesión en este mundo a menos que se me pagara en función del descontento que siento hacia él” (Joseph Roth)
Otra decepción espera al hombre moderno: creerse único y descubrirse corriente.
(Página 37,38)

Todos los hombres pretenden hacerse a si mismos sin la ayuda de nadie, pero todos se saquean y se desvalijan descaradamente, estilos de vida, formas de vestir, de hablar, costumbres amorosas, gustos culturales, uno jamas se inventa sin adherirse a unas pautas de las que se va desgajando poco a poco como de una ganga.
Cada cual se sueña fundador y se descubre seguidor, imitador.
(Página 40)

Hay en la aspiración a ser uno mismo tanto anhelo de felicidad y de plenitud que la existencia genera inevitablemente la decepción. La vida tiene la estructura de la promesa: esta “promesa del alba”, no puede cumplirse, las mil maravillas con las que nos deslumbra solo llegan con cuentagotas.
...me merezco algo mejor, me deben una compensación
Incluso cuando triunfa, al individuo le gusta creerse vencido... Le gustaría, vencedor, seguir siendo considerado como un perseguido.
(Página 43)

El universo del desencanto, iniciado por el judaísmo, que fue el primero en romper con las divinidades paganas para imponer un Dios único, reforzado por el cristianismo, prolongado por la revolución de galileo, quien matematizó la naturaleza, el desencanto es lo que permitió el nacimiento de la razón instrumental, de la técnica y de la ciencia modernas.
(Página 45)

... el método americano encanta a los seres sencillos y entusiasma a los niños. Todos los niños que conozco razonan como americanos en cuanto se trata del dinero, del placer, de la gloria, del poder o del trabajo. Georges Duhamel, Scènes de la vie future Almacenes parisienses Aquella casa enorme toda para ella le henchía el corazón, la mantenía emocionada, interesada, olvidada del resto”. Entre usted en un supermercado, en un híper, recorra las calles comerciales de una ciudad: de inmediato se da usted cuenta de que ha penetrado en el Jardín de las Delicias, en el Paraíso terrenal.
(Página 46,47)

En el amontonamiento de riquezas de unos grandes almacenes hay exceso de todo y eses exceso resulta aplastante.
Ser consumidor significa saber que en los escaparates y en las tiendas siempre habrá más de lo que uno pueda llevarse.
Si la pobreza, según Santo Tomas, es carecer de lo superfluo mientras que la miseria es carecer de lo necesario, todos somos pobres en la sociedad de consumo: carecemos forzosamente de todo puesto que hay todo en exceso.
Con ella el mundo se divide entre Estados donde los escaparates están llenos y Estados donde están vacíos.
La prueba de ello es que los países del Sur y del Este sólo nos envidian una cosa: ni nuestros derechos del hombre, ni nuestra democracia, ni mucho menos aun los refinamientos de nuestra cultura, sino únicamente la plenitud material y las proezas de nuestra tecnología.
Se ha dicho del consumismo que consagraba el instinto de propiedad llevado al límite, el sometimiento de los hombres a las cosas. Pero vivimos menos en una cultura de la posesión que de la circulación: los bienes tienen que pasar, su destrucción está planificada, su obsolescencia programada (Vance Packard).
(Página 48,49,50)

Nuestra riqueza depende de la dilapidación y no de la conservación. Disturbios urbanos = profunda ¿conformidad con la lógica del sistema?
Los vándalos son consumidores apresurados que queman las etapas y que desde el primer momento van directamente al término del ciclo: la devastación.
El consumo es una religión degradada, la creencia en la resurrección infinita de las cosas cuya Iglesia es el supermercado y la publicidad los evangelios.
(Página 51)

... Y si para muchos existe la melancolía de los domingos es porque ese día está todo cerrado.
(Página 53)

Hay rigor y casi ascetismo en nuestra búsqueda devoradora de todas las ocasiones de diversión, una falsa indolencia que reconcilia dos morales antagonistas: la de la inutilidad absoluta y la del estrés. Distraerse hoy en día es una obligación. .. Y la distracción tiene sus tribus, sus ritos, sus periódicos y hasta incluso sus metrópolis.
La existencia, decía san Agustín, es un combate entre lo esencial y “una avalancha de pensamientos frívolos”. Liquidamos lo esencial en nombre de lo insignificante y tomamos lo insignificante muy en serio.
La lógica consumista = lógica infantil. Se manifiesta bajo cuatro formas: la urgencia del placer, la habituación al don, el sueño de la omnipotencia, la sed de diversión. La invención del crédito que, como es sabido, ha trastornado nuestras relaciones con el tiempo y desbaratado nuestro sentido de la duración.
(Página 57,58)

El ahorro, nos enseña Daniel Bell, conformaba el rasgo dominante del capitalismo en sus orígenes: con el crédito, la moral puritana de los inicios se ha invertido transformándose en un hedonismo militante en el que la incitación a poseer sin tiempo muerto ni trabas se ha vuelto legítima e incluso aconsejable.
Lo único que importa no es lo que puedo sino lo que quiero.
Aboliendo todo lo que en la vida supone espera, maduración, contención, el crédito ha vuelto a las generaciones de esta segunda mitad de siglo terriblemente impacientes.
Todo tiene que ser accesible inmediatamente: como en ese relato de Lewis Carroll en el que un personaje grita antes de clavarse un alfiler y cicatriza cuando ni siquiera hasangrado, cosechamos antes de haber sembrado lo que sea. El crédito oculta el sufrimiento de tener que pagar para obtener; y la tarjeta de crédito, aniquilando la materialidad del dinero, aporta la ilusión de la gratuidad.
Nuestra prosperidad actual en Occidente se levanta sobre el sacrificio de las generaciones anteriores, que no pudieron gozar del mismo nivel de vida ni de un grado comparable de perfeccionamiento técnico
(Página 59,60)

La inocencia del niño, decía ya san Agustín, es producto de la debilidad de sus cuerpos, no de sus intenciones.
Triunfo de lo micro: reduciendo todo, nos confiere tamaño de titanes.
(Página 62,63)

... El propósito de decirlo todo desde la primera cita, de descubrirse al otro para que este se desvele ante uno, resulta ingenuo y decepcionante a la vez. Supone, ilusión suprema, que uno se conoce, que uno es de una pieza y  que el contacto con el otro no nos modificara, nos confirmara en nuestro ser.
Presentarse de este modo -esto es lo que soy y seré para siempre jamas- no es revelarse, sino, de hecho, ocultarse, petrificarse en una imagen; por un curioso contrasentido, el extremismo de la sinceridad se vuelve entonces el colmo de la mentira; o se le miente al otro, pues uno cambia a su pesar, o se miente uno a si mismo negándose a admitir el cambio.


Luna Amarga:

¿Que es una pareja? La renuncia a la existencia a cambio de la seguridad, el rostro sin atractivo del amor legítimo. Ese espacio cerrado que trivializa a los seres menos dotados para lo trivial, entorpece a los más mercuriales.
Veía a mi alrededor individuos que se zambullían en la mediocridad, envejecían resignándose, abandonaban uno a uno los impulsos de su juventud, cambiándolos por las marismas del funcionariado conyugal. Veía hombres audaces, mujeres  libres a quienes la vida en pareja había desmovilizado, quitado encanto, a  quienes la cohabitación había mellado. Odiaba el mimetismo de los concubinos, su facilidad para adoptar los defectos del cónyuge, su viscosa complicidad e, incluso, su traición que les une más todavía. No había uno sólo de mis amigos que escapara de esta cursilería, que no fuera el escandaloso ejemplo de mi condición.
No podía eludir la seguridad de que la verdadera vida está en otra parte,  lejos de los míseros expedientes de la pareja y las virtuosas estupideces del amor loco (que de hecho es la cima de la tibieza, porque pretende hacernos perpetuamente soportable la compañía de la misma persona). Pensar que debería soportar esa fláccida relación en las interminables tinieblas de una existencia echada a perder, me ponía los pelos de punta. Quería abandonar a Rebecca como una serpiente: dejando entre sus manos un despojo que ya no era yo, un  Franz que había mudado de piel, entregándole una apariencia en la que ya no habitaba.
Rebecca se desolaba ante mis intenciones, sintiéndome siempre más dispuesto  a amar a cualquiera que a ella. Por aquel entonces, toda mujer me parecía preferible por el mero hecho de ser  otra. Algunas noches, mientras me pudría en el calabozo conyugal...
(Página 132)

¿Hay peor herida que advertir que el fuego de una pasión se retira de ti como el mar se retira de la playa cuando baja la marea?
(Página 139)

...Veía la mirada de Rebecca implorando en silencio, solicitándome unas  explicaciones racionales que yo no tenía. Mi deseo de ruptura era tan  arbitrario como mi flechazo de hacía dos años. - Pero dime qué te he hecho, si te he enojado, si te he herido... -¿Que me has hecho? Nada: Sencillamente, cometes el error de existir.
(Página 140)

Si hay un modo noble de amar al otro hasta en sus fragilidades, hay también un modo mezquino de debilitarlo insistiendo en sus menores defectos.


El nuevo desorden amoroso:

Resulta una banalidad decirlo, pero ahora vivimo la diferencia de los sexos de un modo unico, la sujecion de la mujer al hombre por equivalencia u opresion, jerarquia que circula tanto entre los sexos como en el interior de cada uno de ellos. Tolerar unicamente un estado de dismorfismo sexual equivale a privilegiar fundamentalmente la separacion estricta de lo masculino y lo femenino porque constituira un punto de referencia respecto al cual ya no se juzgara a las personas por sus actos reales sino por su grado de integracion a la noma sexual dominante. Se degrada incesantemente la diferencia en oposicion, atracción de los contrarios, parejas complementarias y pot tanto jerarquizadas, se la somete al principio de la exclusion del tercio, se laimagina reunificada e inmovilizada bajo dominacion viril.
(Página 250).

El discreto encanto de la diferencia de los sexos - que nadie, y nosotros menos que nadie, conoce- es que no cesamos, al sufrirlo, de olvidarlo, de hacer como si no existiera, como si fuera la naturaleza indiferente de la que no vale la pena preocuparse; nos reimos de situar a cada cual en su lugar, los hombres a la derecha, las mujeres a la izquierda, aunque esta division, en ultima instancia, no nos olvide.
(Página 251)

De este modo, siempre es posible divertirse descomponiendo la pertenencia a un sexo, es decir, multiplicarla como pertenencia a una especie (la humana y no la animal, la mamisferica y no la ovni para, molusca y no crustacea), pertenencia a una raza, a una cultura, fecha de esta pertenencia (infancia, madurez, vejez) con las caracteristicas propias de cada uno de esos estado; ordenacion unica despues en la morfologia y el rostro de los rasgos de los rasgos del sexo en cuestion, parodia, atraccion o repulsion sentida hacia el otro sexo y, por consiguiente, nueva combinacion, efectos de singularidad debidos a los encuentros de los codigos geneticos, juego del azar quimico, cruce de una multitud de redes a las cuales noes podible atribuir origen, amontonamento indeterminable de los estratos mas dispares, y pertenencia tambien del cuerpo a un momento de la historia, a una clase social determinada, todo ello mezclado en la mas azarosa - y sin embargo legible- delas configuraciones, etc. Nace un niño -chico o chica- y ya esta en marcha la sexuacion dividida y arrastrada por unos caminos nuevos. Tu no eres mas mujer que yo hombre, tu eres la excepcion fabulosa a la especie femenina, un lujo de la materia, y por ello no seremos contrario ni mi complemento, solo una fuerza que me desbord, una ola que no pudo contener.
(Página 253)

Al hablar de la diferencia de los sexos, ya se presupone lo que se queria demostrar, a saber, que el indice de referencia entre el hombre y la mujer solo sera el sexo (y de alli se desliza insensiblemete a la supremacia del aparato genital masculino, a la ridicula logomaquia soble el Falo), mientras que habría que hablar dediferencia de cuerpos o, mejor aun, de diferencia de las sexualidades.
(Página 255).

El virilismo solo sobrevive ahora como valor muerto y tanto mas temible en cuanto que se sabe moribundo; testigo de ello son las frecuentes agresiones contra mujeres solas (o hombres afeminados), el creciente numero de esposas golpeadas o maltratadas, etc.
(Páginas 256).

Si existe hoy, por consiguiente, una relativa preponderancia del devenir femenino, no es unicamente porque la virilidad -esta antiquisima norma cultural - esta a punto de morder el polvo sino porque la mujer esta a punto de pasar de objeto de placer a modelo de placer.


Los ladrones de belleza (1997):


Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. - Y la encontré amarga. - Y la injurié.

Arthur Rimbaud, Una temporada en el infierno.

 

Además, las vacaciones me angustian, esa ruptura con el curso normal de los días despoja al tiempo de su sustancia, lo transforma en desecho. Temía por adelantado aquel paréntesis de tres noches sin dormir. Cuando la ciudad está llena, los demás al menos te garantizan la existencia. Pero ahora todos mis amigos se habían ido y mi familia vivía en el extranjero. Iba a padecer el toque de queda de los fines de semana estivales.

(Página 29)

 

Considere por un momento esos miles de títulos encallados en sus estanterías como otros tantos restos de naufragios. Se pudren en el olvido y su desaparición no tendrá ninguna repercusión. Hay demasiados. Así pues, asumí la responsabilidad de reciclar todas aquellas tumbas de signos, aislados para siempre en el silencio..., me encargué de reciclarlos. Puesto que ya estaba todo escrito, ¿para qué empezar de nuevo, para qué buscar nuevas ideas? Bastaba con volver a copiarlas, con mezclarlas, es decir, con aprovecharlas. Actuaba de la siguiente manera: a partir de una idea birlada a algún escriba desconocido, iba de compras a los grandes y pequeños maestros del pasado para construir mi propia obra. Acudía a las bibliotecas y recogía en un cuaderno mi provisión de escenas, de metáforas. Clasificaba el material por temas: claros de luna, disputas, asesinatos, mañanans de primavera, días de lluvia,abrazos amorosos, etcétera.

(Página 49)

 

Hélène estaba convencida de que todo se aprende, tanto las buenas manersa como el cálculo, y que un individuo puede conseguir en algunos meses, sólo con su voluntad, lo que ciertos clanes familiares han tardado generaciones en conseguir.

(Página 66)

 

Hélène encarnaba el espíritu francés por excelencia, el arte, como se ha dicho, de tomarse en serio las cosas ligeras y a la ligera las cosas serias. Experta en divertirse, ponía un rigor casi calvinista en pasárselo bien y preparaba sus salidas de la misma forma que otros programan su ascenso profesional. Había que distraerse para no resultar grosero. Su arte de vivir se resumía en esta máxima: sacar a cada cosa el mayor partido posible, transformar cualquier instante en una ocasión de goce. Tenía un talento especial para disfrutar de lo cotidiano, para adorar los pequeños placeres sin importancia.

(Página 67)

 

A Hélène, que no conocía el significado de la palabra ´necesidad´-ella sólo tenía ´deseos´- le costaba concebir el mundo de donde yo venía, un mundo donde había que trabajar para sobrevivir y contar cada franco; un mundo al que, por otra parte, pertenecía la mayoría de mis compatriotas. A veces me preguntaba sobre mi familia y sobre mi infancia con una ingenuidad desconcertante.

(Página 68)

 

Las personas bellas, sean hombres o mujeres, son dioses que han descendido entre nosotros y nos provocan insolentemente con su perfección. Allí por donde pasan, siembran la división y la desgraciam y hacen que cada uno de nosotros nos enfrentemos con nuestra mediocridad. La belleza puede ser una luz, pero una luz que hace más oscura la noche; nos transporta muy alto, pero después nos hace caer tan bajo, que uno se arrepiente  de haberse acercado a ella.

(Página 148)

 

Todo el mundo puede hacerse rico algún día, pero si uno no nace con atractivo, no lo consigue jamás.

(Página 148)


La euforia perpetua:

 

La felicidad se ensaña con algunos seres como si se tratase de la desgracia, y ciertamente lo es.

François Mauriac

 

Todos los autores creyentes o agnósticos que vinireon después recogen esta trinidad temporal cristiana: la felicidad pertenece al ayer o al mañana, se halla en la nostalgia o en la esperanza y nunca en el presente. Si bien es legítimo aspirar a ese estado, sería una locura querer alcanzarlo en este mundo. El hombre, criatura caída, debe pagar primero el pecado de existir, trabajar para salvarse. Y la salvación es aún más angustiosa por ganarse de una sola vez, como observó Georges Dumézil: para un cristiano no hay segunda oportunidad, al contrario que para un hindú o un budista, que se entregan al ciclo de las reencarnaciones hasta que alcanzan la liberación. La apuesta de la eternidad se produce en el estrecho intervalo de mi residencia en la tierra, y esta perspectiva hace que el accidente temporal que yo represento parezca un auténtico desafío. Siempre ha sido típico de la cristiandad dramatizar hasta el exceso esta existencia, situándola bajo la alternativa del Infierno y del Paraíso.

(Página 24)

 

Fue un rasgo de genio por parte de la Iglesia inventar en el siglo XII, bajo presión popular y en respuesta a los milenarismos, la noción de Purgatorio, esa gran sala de espera, un lugar entre el Paraíso y el Infierno que autoriza a los hombres de vida mediocre, ni muy buena ni muy mala, a saldar sus deudas con el Altísimo. Este tipo de recuperación póstuma proporcionaba además a los vivos un medio para obrar y dialogar con los difuntos gracias a las oraciones. El Purgatorio no sólo atenuó el terrible chantaje al que la Iglesia sometía a los creyentes mostrándoles las tenazas de la liberación o de la condenación (hay que recordar que el Infierno, en su versión terrorífica e incandescente, es un invento del Renacimiento y no de la Edad Media).

(Página 28)

 

Puede que el mundo cristiano nos parezca cruel, pero es un mundo cargado de sentido (como el budismo, que considera el dolor resultado de faltas cometidas en las vidas anteriores; según la fórmula establecida, se trata de las flechas que hemos lanzado y que se vuelven contra nosotros. Es una concepción bárbara, pero fundamentalmente consoldora). Con la religión, el sufrimiento se convierte en un misterio que sólo desciframos sufriendo. Extraño misterio, por otra parte, que lo explica todo. Y los teólogos han desarrollado tesoros de casuística y de sutileza para legitimar la existencia del mal sin perjudicar la bondad de Dios.

(Página 34)

 

¨Al abreviar nuestros días Dios abrevia nuestras tentaciones, es decir, la vida eterna, puesto que el mundo tan sólo es nuestro común exilio.¨ Y no es sorprendente leer que Juan Pablo II, hablando de la eutanasia y de los últimos momentos, hace un elogio de "aquel que acepta voluntariamente sufrir, renunciando a intervenciones para suprimir el dolor, aquel que conserva toda su lucidez y, si es creyente, participa en la Pasión del Señor", aunque -y no se trata de un pequeño matiz -, semejante comportamiento heroico "no pueda considerarse un deber para todos". Como sabemos, la iglesia de Roma acepta los cuidados paliativos a condición de que no priven al agonizante de la conciencia de sí.

(Página 35)

 

El Edén siempre es para después. Y la posteridad laica del dolor cristiano va a ser fértil: la visión hegeliana considera que los tormentos que los pueblos sufren en el transcurso del tiempo son las etapas necesarias del Espíritu camino de su realización; la visión marxista celebra la violencia como generadora de la Historia y predica la eliminación de las clases explotadoras para acelerar la edificación de una sociedad perfecta; la nietscheana, que exalta la crueldad y el mal como medios para seleccionar a los más fuertes y mejorar la especie humana; y en general todas las ideologías que ordenan inmolar parte en beneficio del todo.

(Página 42)

 

En 1929, Freud publica El malestar en la cultura y declara imposible la felicidad: lo que el individuo debe abandonar para vivir en sociedad es la parte, siempre en aumento, de sus deseos, puesto que toda cultura se edifica sobre la renuncia a los instintos. Y puesto que la infelicidad nos amenaza en todas partes - en nuestro cuerpo, en la naturaleza, en nuestras relaciones con los demás-, Freud saca la siguiente conclusión: ¨No entra en los planes de "La creación" que el hombre sea feliz. Lo que llamamos felicidad, en su sentido más estricto, resulta de una satisfacción más bien repentina de necesidades que han llegado a un alto grado de tensión, y por su propia naturaleza sólo es posible en forma de fenómeno episódico¨.

(Páginas 49-50)

 

En el momento en que el hombre sustituye a Dios como fundamento de la ley y la religión se retira del dominio público para convertirse en un asunto privado, el tiempo gana cierta autonomía; ya no sólo es un camino hacia lo eterno, y sólo de nosotros depende que vaya a alguna parte. Se convierte en un medio en el que el individuo puede desarrollarse y construirse a sí mismo, pero también en la niebla en la que puede perderse: es un creador y a la vez un viejo desatinado. Éste es el descubrimiento moderno: que la vida no es tan repetitiva como dicen, que se repite mucho pero que tambien es posible inventar algo nuevo. Tras el ¨violento pathos de la vida medieval¨(Huizinga) viene la indeterminación de una duración tan fértil como fastidiosa.

La retirada divina es una buena y una mala noticia: una oportunidad para que la independencia humana se desarrolle sin tutela pero también es el peso de lo cotidiano, con el que hay que cargar: Sólo Dios, mediante la creación continua, permitía a las cosas preserverar en su ser y evitaba que recayesen ´en su primera nada´ (san Agustín). Una vez apartado o reducido al papel de Relojero Mayor (y la multiplicación de las pruebas de su existencia hasta Kant demuestra hasta qué punto ésta se había vuelto problemática), le quita a este mundo todo su sentido. Privadas de su divino conservador, las cosas revelan su carácter tenue y gratuito, el hecho de ´ser lo que son´ (Hegel). Tras lo sublime medieval llega lo trivial moderno, tras el gran absoluto el pequeño relativo.

(Página 76)

 

La dramatización cristiana de la salvación y de la condenación es semejante a la dramatización laica del éxito y el fracaso. Nadie escapa a ella. Todo ocurre en el breve lapso de una vida, sin remisión, sin el consuelo de otro mundo que nos alivie de nuestras desgracias pasadas y presentes. Una existencia, una sola, tanto más desgarradora por ser única, por el hecho de que en ella lo temporal tiene un carácter definitivo.

(Página 78)

 

Los norteamericanos, como buenos utilitaristas, creen en la felicidad, la han incluido en su Constitución y están dispuesto a enseñarsela y a prescribírsela a todo el mundo. Mientras que los europeos, más escépticos, prefieren los placeres y sobre todo el trato social que, modelado por una larga tradición, forma una especie de urbanidad colectiva capaz de integrar alegrías y tristezas.

Consideremos la oposición entre fast food, principio de alimentación rápida, solitaria y barata, y gastronomía, principio de degustación comunitaria que consume gran cantidad de tiempo. Son dos maneras de entender la duración: o matarla abreviando lo que se repite, o hacer de ella una aliada elevándola al rando de liturgia. La primera es signo de una sociedad de servicios articulada en torno a la comodidad y la inmediatez; la segunda, de una sociedad de costumbres que ve sus usos y su patrimonio como tesoros de inteligencia y elegancia que sería un crimen olvidar. El encanto del viejo mundo es la diversidad de sus culturas, que resisten a la nivelación global. El magnetismo del nuevo es el reflejo de la innovación sistematica. Aquí, nacer significa tener predecesores, detentar el saber de un largo tiempo, allí es anular lo precedente y saltar hacia la tierra prometida del futuro.

La verdad es que las dos soluciones nos tientan y que nos gustaría disfrutar de los placeres del pasado sin sus obligaciones, de las ventajas del presente restándoles su empobrecimiento. Hijos de un linaje mixto, vacilamos entre la nostalgia del ritual y los fantasmas de la simplificación a gran escala.

(Página 80)

 

El apólogo de James es magnífico: en efecto, lo peor que puede ocurrirle a alguien es pasar al lado de su felicidad sin reconocerla. Esperar un acontencimiento milagroso que nos redima sin ver que el milagro se halla en el acontecimiento que estamos viviendo. Creer que nuestra vida, de momento un simple borrador; pronto se verá marcada por la intensidad: aplazamiento de los placeres que se asemeja extrañamente a la ascesis religiosa. Como si una prehistoria hecha de trivialidades tuviera que dar paso a una transfiguración, una desaparición de las miserias humanas.

Las oportunidades perdidas: una palabra que no fue dicha, una mano que no se tendió, un gesto esbozado y luego abortado, tantos momentos en que miedo o timidez impedimos que cambie nuestra suerte. Demasiado pronto, demasiado tarde: hay vidas enteramente dedicadas a la insatisfacción, a lo que no llega a consumarse. Lo que podría haber sido, lo que no fue: algunos se conforman con este condicional, y todos podríamos escribir la historia de los destinos que hemos evitado y que nos acompañan como otras tantas posibilidades fantasmagóricas. Brassaï cuenta que a los veintidós años, Proust se encaprichó de un joven efebo, hijo de un magistrado ginebrino. Al dorso de la fotografía que el chico le dio a Proust estaba escrita la siguiente dedicatoria, extraída de un soneto del pintor prerrafaelta ingles Dante Gabriel Rosetti: ¨Look at my face; my name is Might Have Been, I am also called No More, Too Late, Farewell". Cada vida, al ser única, rechaza y excluye cualquier otra. O más bien se construye sobre un crimen: el de las posibilidades que despliega y que no han podido desarrollarse.

(Página 109)

 

No hay que agobiar a quienes nos rodean con la historia de nuestras penas, pero tampoco hay que abrumarlos con la lista de nuestros éxitos. Es éste un cálculo sutil que nos empuja a callar una buena noticia, a vestirnos con modestia y, en resumen, a convertir la discreción en una estrategia de distinción. Del mismo modo que hay que fingir desdén por los que son más afortunados que nosotros para protegernos de los ataques de rencor.

Este sentimiento tiene un origen aún más profundo: el problema de la felicidad es que cuanto más se impone como objetivo universal, más se vacía de contenido.

(Página 112)

 

¿Por qué vamos al colegio? En primer lugar, según Kant, para aprender a estar tranquilos y a ser puntuales. Lo que inculcamos a esas cabecitas rubias o morenas en primaria es el buen uso de los días y las horas. Esta aclimatación a la regularidad, interiorizada en la infancia, ya no nos abandona. Eramos turbulentos y fantasiosos; sentamos cabeza y nos convertimos en seres asiduos.

La precisión del horario nos tranquiliza porque permite dominar el tiempo, situar los días, conjurar la dispersión. Proporciona un placer muy especial: convertir lo vacío en lleno.

(Página 120)

 

Si una noche, por milagro, se cumplieran todos nuestros anhelos y deseos, ya solamente querríamos morirnos: por eso la inmortalidad que prometen las religiones es, sobre todo, una eternidad de embrutecimiento.

(Página 124)

 

¡Que contrasentido ver en la posibilidad de la adopción por parte de un matrimonio homosexual los síntomas de la disgregación de la familia! Es exactamente al contrario: el orden familiar triunfa en todas partes, no importa al grupo al que pertenezcamos, y no hay manera de encontrar un argumento, ya sea antropológico o de cualquier otro tipo, para poder oponerse a él.

(Página 137)

 

Nos hacen falta obstáculos que podamos vencer y que nos ahorren tanto la experiencia del fracaso repetido como la de la desgracia insuperable. Ahí radica la paradoja: los bienes obtenidos sin esfuerzo no tienen ningún valor (y por eso la total gratuidad de akgunas mercancías, en lugar de atraernos, nos repele. Incluso el ladrón paga con su persona el robo de los bienes ajenos).

(Página 194)

 

La única forma de supervivencia de la que estamos seguros es el recuerdo que dejamos en los que nos rodean; ésta es la única y precaria inmortalidad concedida a los mortales. El resto es pura especulación. Todas las creencias son respetables: pero hacer de la muerte una puerta a un mundo mejor; convertir el peor infortunio en la mayor dicha (lo cual es otra forma de negación) es una petición de principio.

(Página 06)


Le divin enfant:

 

Le jour de ses huit ans, la petite Madeleine Barthelemy attrapa la maladie de la peur. Elle avait laissé au soleil une assiette de pêches qui s'étaient gâtées. Les fruits embaumaient, amalgamés les uns aux autres, mais leur corruption s'étendait jusqu'au noyau, laissant échapper un jus noir où puisaient furieusement guêpes et mouches. Ce fut une affreuse révélation; d'un coup Madeleine comprit ce qui l'attendait. L'eloquente pourriture disait tout. Ses parents achevèrent de la paniquer en lui représentant l'avenir comme un territoire maléfique dont eux seuls détenaient la clef.

La peur ne la quitta plus, grandit avec elle, modela ses gestes et ses actes jusqu'à sa majorité. Alors son père lui présenta la facture de son enfance et de son adolescence. C'était une coutume de famille: on ne donnait pas la vie chez ces gens-là, on la prêtait. Chacun devait la racheter à ses propres géniteurs, s'exonérer d'un fardeau qui retomberait invariablement sur ses descendants.

(11)

 

De plus, elle constituait le cobaye idéal: ignorant et consentant à la fois.

(19)Voilà donc l'univers qui les accueillerait: la terreur et le chaos. Sans parler de la menace nucléaire et bactériologique, de la pollution, de la déforestation galopante.

(44)

 

En désespoir de cause, Madeleine se rabattit sur le dernier recours des démunis. Elle en appela directement à Dieu et l'adjura de venir à son aide. Mais c'est un Dieu mélancolique qu'elle invoqua, un Dieu qui survivait alos que tous le croyaient mort depuis qu'un philosophe allemand, à la fin du dix-neuvième siècle, avait annoncé Son décès. D'ailleurs, qu'Il existe ou non n'avait aucune incidente sur le cours des choses. La plupart Le négligeaient et ceux qui L'adoraient L'adoraient mal. C'est pourquoi Dieu, qui n'avait parlé que trois fois à l'humanité par le truchement de Moïse, Jésus et Mahomet, Dieu multipliait depuis quelque temps les entretiens avec les mortels pour les persuader de Sa réalité.

(75)

 

-L'ancienneté d'une règle ne prouve en rien sa justesse. Une erreur répétée à des millards d'exemplaires reste une erreur.

-Enfin, Louis, que redoutes-tu? Tu vas naître dans la partie la plus riche du monde, L'Europe de l'Ouest. Tu appartiens à une famille de la moyenne bourgeoisie, les perspectives de carrière de ton papa sont bonnes, sinon excellentes. Malgré une récession passagère, l'état de l'économie est satisfaisant, le taux de croisance constant et l'inflation jugulée. Que demander de plus?

-Seigneur, de grâce, ne m'alléchez pas avec des gadgets. Ces pauvres avantages n'empêchent ni la maladie ni le trépas.

(77)

 

-Une dernière fois, Je te donne l'existence comme un acte d'amour. Prends-la.

-Il y a des cadeaux dont on se passe.

-Tu refuses ce que Mon propre fils a accepté?

-Pour ce que cela lui a profité! Même lui, Vous n'avez pu Vous empêcher de le faire souffrir, de le crucifier.

Dieu soupira, excédé.

(81)

 

Il y avait deux choses que Louis n'admettait pas: la passion amoureuse qui obscurcit la raison, le déchaînement des sens qui dégrade les personnes.

(129)

 

Un jour, elle s'était trompée grossièrement dans la concordance des temps, disant "si je serais plus vieille". Louis avait éclaté: elle n'avait pas le droit de commettre de telles fautes! Comment allaient-ils aborder l'étude des tropes, de la catachrèse, de l'anatonomase, de l'oxymoron, si elle ne maîtrisait ni la syntaxe ni la grammaire?

(186)

 

Je n'ai pas l'intention de m'enfermer avec Vous dans un chambre de peau. J'ai quitté ma mère il y a dix-huit ans et je n'aspire pas à en retrouver une autre. Et puis tout cela est ridicule, il est préférable que je ne revienne plus.

-Non, restez Lucia, je vous en prie, nous parlerons, nous parlerons d'autre chose...

(189)